Paracelso, Theophrastus Phillippus Aureolus Bombastus von Hohenheim, fue un médico y alquimista suizo que revolucionó la medicina en el siglo XVI. Es el padre de la toxicología y precursor de la medicina moderna basada en la química.
Rompió la tradición de los humores y estableció que “La dosis hace el veneno”: Dosis sola facit venenum.
Paracelso creía que la forma, color y hábitat de la planta era una señal divina de su utilidad. Las plantas cuyas hojas tenían forma de corazón, eran buenas para tratar el corazón. Las plantas con savia amarilla eran buenas para la ictericia, las plantas con forma de cabeza, eran buenas para el cerebro…
Sus tratamientos sobre heridas también fue muy revolucionario, pues en vez de aplicar ungüentos y mezclas sobre las heridas, las dejaba limpias.
Fue un revolucionario que quemó públicamente libros antiguos, porque decía que aprendemos al observar la naturaleza, no en los textos.
Según Paracelso, la medicina busca encontrar la armonía entre el cuerpo, el alma y el espíritu.
Las plantas tienen espíritu, el cuál plasman en la forma, color, sabor y lugar donde crece la planta. Esto nos indica su poder. No sólo es un poder químico, sino también un poder que surge de la divinidad de la planta.
Cada planta estaba sujeta a los ciclos de la luna y los planetas, y según se recogía, el momento y la forma, se obtenía más o menos fuerza.
El médico es responsable de escuchar y sentir la planta, desde que la encuentra, la recolecta, la trata, hasta que la aplica sobre el cuerpo. Por esto, un médico es un maestro de la observación, del corazón y del espíritu. Contaba que si el médico no conocía al paciente, su vida, su entorno, lo que sentía en su fuero interno, lo único que practicaba era una alquimia muerta.
Para Paracelso, la clave de la prevención del mal no estaba en la purificación, sino en la nutrición. Las personas deben nutrir su cuerpo, su mente y su espíritu. Los remedios reactivos, que purifican y limpian, se deben usar cuando hay toxinas, cuando ya existe una dolencia, pero hasta ese momento, el ser humano debe “alimentarse” de vida y de bien.
Su secreto era cómo buscaba un equilibrio perfecto entre la planta, el enfermo y el universo. Esto generaba un tratamiento único y personalizado, una cura individualizada con intención y adaptada a cada momento.


